jueves, 28 de agosto de 2008

La tarde del Miércoles



Me quemaba el alma con el carmesí de sus ojos. Papá casi llegaba y no sabía qué me apresuraba más, si el miedo a su aparecimiento repentino o la mirada sugestiva de Efigenia, acelerando mis latidos, pidiéndome lo que no sabía. Me desafiaba, me incitaba a arriesgarlo todo.
Entre miradas, aturdidos por la cálida pasión de la tarde, embebidos en un compinche que solo con miradas nos comunicábamos. Maldito destino…

--Que!!! Pregunté y me sentí los labios resecos.

-Que de que-- dijo ella. Y aun menos lo podía esconder.

Sus mejillas enrojecidas y un leve brillo en sus ojos eran inconfundibles indicios, la vergüenza le desnudaba el instinto, de su frente estiló una gota de nervios.

--Ven—Le dije. Y no de donde me salió.

Nos besamos con toda la furia del mundo, sentí la necesidad de comerme sus labios.

--Llegará papá-- dije sin tino.

-- No hasta después de las seis…No te detengas. Respondió la Efigenia de mis eternos recuerdos.

Destrocé sin reparo su vestido y al compás de mi compostura, lenta, suavemente fui cayendo.

Dormía la tarde,
silbaba el viento!! Hermosas las tibias y tiernas rosas que adornaban su pecho. Jamás he podido escapar de la más desnuda de mis tardes, ese miércoles, el día en el que la locura incontenible me perdió entre el sopor de un rancho, el cielo limpio y el más confuso sentimiento.

Pasadas las seis, en la silla de guano, a la sombra del mango, sorbía pensamientos de un jarrito de café cuando escuche a papá:

--Efigenia, mujer mía!!! Que vas a hacer de cena?